UN SOLO GRITO, UN SOLO NOMBRE...
Recordaba el escritor LEOPOLDO MARECHAL, como vivió el 17 de
Octubre de l945, decia: “Era muy de mañana....El coronel Perón
había sido traído ya desde Martín García, donde
estaba detenido. Habia renunciado al cargo de Vice presidente, Ministro
de guerra y a la Secretaria de Trabajo y Previsión, por la presión
del Ejercito. Mi domicilio era este mismo de la calle Rivadavia. De pronto
me llegó desde el oeste un rumor como de multitudes que avanzaban
gritando y cantando por la calle Rivadavia: el rumor fue creciendo y agigantándose,
hasta que reconocí primero la música de una canción
popular y en seguida su letra: “Yo te daré, te daré, Patria
hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza con P, ¡Peróooon!.
Y aquel “Perón” retumbaba periódicamente como un cañonazo.....
Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní
a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo.
Vi, reconocí y amé a los miles de rostros que la
integraban: no había rencor en ellos, sino la alegría de
salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina
“invisible” que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer
ni amar sus millones de caras concretas y que no bien las conocieron les
dieron la espalda.
Desde aquellas horas me hice peronista.......”
Según Arturo Jauretche, un día antes, se había
encontrado con un dirigente forjista de la localidad de Gerli, quien le
preguntó: ¿Qué hacemos mañana, doctor?. Contesta:
¿Mañana? ¿Qué pasa mañana?. Le responde:
Y ....la gente se viene para Buenos Aires....¡No los para nadie!
Todos están con Perón...
Contesta: ¿Y quién organiza eso?. Responde: ¡Qué
sé yo! Nadie.....Todos... ¿Que hacemos nosotros? Jauretche
confiesa que nada sabía de semejante movimiento. Pero no vaciló.
Mirá, si es así, cuando la gente salga, ¡agarrá
la bandera del comité y ponete al frente....! Y cuenta: Que
ese dirigente Pedro Arnaldi movía treinta votos en la localidad
de Gerli. El 17 de Octubre a la madrugada pasó el puente Pueyrredón
con su bandera al frente de diez mil almas....
Lo que ocurrió aquella tarde es difícil o acaso imposible
de describir ordenadamente.
Todo fue confusión y caos, tanto en la Casa de Gobierno, donde
estaba el Presidente Farrel, como en el Hospital Militar, donde se
encontra Perón. Solo en la Plaza de Mayo había una absoluta
seguridad en la acción: la multitud seguía empeñada
en un solo objetivo: ver y escuchar a Perón. No había silencio,
sino gritos repetidos: ¡Perón!
¡Queremos a Perón!. Hasta ese momento, Perón estaba
en actitud pasiva, aguardando que el proceso hablara por sí solo,
danto tiempo a que la presencia popular fuera incontrastable, borrara cualquier
idea de reacción militar y desintegrara por el solo hecho de estar
allí, los tambaleantes restos de la estructura de poder montada
en los días anteriores por los Militares opositores. Estaba serio
y poco locuaz. De cuando en cuando preguntaba a los que lo rodeaban: ¿Hay
mucha gente, che? ¿Realmente hay mucha gente?. Siendo las
22.00 hs, Perón habló con el Presidente Gral Farrell en la
residencia, y despues los dos se dirigieron juntos a la Casa de Gobierno.
En la plaza se podía tocar físicamente la excitación
de la multitud. ¿Cuánta gente había en ese momento
frente a la Rosada? Probablemente el número objetivo deba situarse
entre las 200.000 y 300.000 almas. Pero lo más importante no era
el número sino la tensión de la gente, que con un frenesí
infatigable seguía aclamando el nombre de Perón, reclamando
su presencia, cantando y moviéndose. Antorchas fabricadas con diarios,
palos y carteles ponían sobre la gran masa oscura que cubría
de bote en bote la Plaza de Mayo, una constelación de luminarias,
como si el cielo estrellado se hubiera volcado sobre el pueblo. Perón
lo supo recién a las 23.10 hs, cuando al salir al balcón
de la Casa de Gobierno una visión alucinante le golpeó el
rostro y un poderoso bramido retumbó largamente en la histórica
plaza, aclamando locamente su nombre.
La ovación duró un cuarto de hora. Si es verdad que la
felicidad es estar “fuera de si”, esto era la felicidad total, porque el
espíritu individual se había fundido en una exaltación
colectiva irresistible. La gente parecía haberse vuelto loca: gritaban,
saltaban, lloraban y coreaban estribillos con voces cada vez más
enronquecidas.
Allí estaba el hombre por el cual se habían jugado. Sano
y salvo. VENCEDOR.
Y ellos aclamaban a su líder pero también voceaban su
propio TRIUNFO.
El gentío no estaba apurado por escuchar a su amado: por ahora,
simplemente quería mirarlo, aclamarlo y comprobar que estaba a su
lado. El esfuerzo de toda la jornada requería compensarse alargando
el final, como un acto de amor sabiamente regulado.
Seguía alzándose el griterio desde todo el volumen de
la plaza. Algunos, le alcanzaron una bandera Argentina a Perón,
que la tomó y la hizo flamear entre la clamorosa ovación
de la multitud. Despues del discurso del Presidente Gral Farrell, el locutor
invitó a cantar el Himno Nacional, luego volvió el
griterío, el nombre de Perón repetido mil veces, con su redonda
y sonara eufonía. Al fin apareció nuevamente en el
balcón y se dispuso a hablar. Una explosión de multitud saludó
su primera palabra: ¡TRABAJADORES!.
De allí en adelante no fue un discurso sino un diálogo
lo que se oyó.
Dijo Perón: Hace casi dos años, desde estos mismos balcones,
dije que tenía tres honras en mi vida: la de ser soldado, la de
ser un patriota y la de ser el primer trabajador Argentino. En la tarde
de hoy, el Poder Ejecutivo ha firmado mi solicitud de retiro del servicio
activo del Ejército. Con ello he renunciado voluntariamente al más
insigne honor al que puede aspirar un soldado: lucir las palmas y los laureles
de general de la Nación. Lo he hecho porque quiero seguir siendo
el coronel Perón y ponerme, con este nombre, al servicio integral
del auténtico pueblo Argentino......
Les pidió que se unieran, que fueran más hermanos que
nunca, anunció que diariamente se incorporarían “a esta hermosa
masa en movimiento los díscolos o descontentos”, pidió que
todos recibieran su inmenso agradecimiento “por las preocupaciones que
han tenido por este humilde hombre que les habla”......
Y por esta única vez.....ya que nunca lo pude decir como secretario
de Trabajo y Previsión....¡Mañana es San Perón!.....les
pido que realicen el día de paro.....(Ovaciones y gritos por un
largo rato). Y ahora, para compensar los días
de sufrimiento que he vivido, yo quiero pedirles que se queden en esta
plaza quince minutos más, para llevar en mi retina el espectáculo
grandioso que ofrece el pueblo desde aquí. Decía el Historiador
Félix Luna que daría diez años de su vida a cambio
de un día, un solo día de Juan Perón. A cambio, por
ejemplo, de aquella jornada de Octubre, cuando se asomó a la Plaza
de Mayo y recibió, en un bramido inolvidable, lo más limpio
y hermoso que puede ambicionar un hombre con vocación política:
EL AMOR DE SU PUEBLO.
Eduardo Angel Pizzichillo